El
Maestre habla
CIENCIA
Y RELIGIÓN
Tanto en la religión como en todas las líneas
del humano vivir, el pensamiento del hombre evolucionando a través de los
siglos ya no se conforma hoy con afirmaciones sin pruebas. El espíritu crítico
se ha desarrollado de tal manera que una religión cuyas enseñanzas comprendan
únicamente afirmaciones no respaldadas por argumentos racionales parece
anticuada, caduca y hasta se le reprocha a veces como un obstáculo para el
progreso social. Ciencia y Religión han llegado a separarse y la primera
desprecia a la segunda, no obstante los esfuerzos de ésta para quedarse en la
norma científica, aunque la Fe no puede en ningún caso mezclarse con el
razonamiento, con el análisis y por consiguiente con la Ciencia. La fuerza de
la religión reside en su inmutabilidad; sin embargo, la Iglesia ya no puede
condenar los descubrimientos científicos tales como: la forma de la tierra, su
movimiento alrededor del sol, la naturaleza de las estrellas, la antigüedad del
mundo, etc. Debe sufrir por consiguiente variaciones en su enseñanza, necesidad
que se impone en ella como las transformaciones en las especies vivas. Esta ley
de sufrir una metamorfosis es el principio mismo de la vida; ¿y no es acaso la
religión la vida misma manifestada en su forma más alta, la del espíritu? La
religión ha tenido ya en el pasado, varios de estos cambios bruscos, pero los
hombres al cumplir los nuevos ritos o al acoger la nueva forma religiosa, no se
han dado cuenta de que era la misma que se transformaba, que tornaba revestida
de un traje mejor adaptado a sus nuevas necesidades intelectuales y
espirituales. En realidad, las formas sucesivas de la Gran Religión Tradicional nacida en Occidente hace
algunos milenios, están todas unidas al mismo esoterismo que se encuentra
inmutable a través de ellas, esoterismo que constituye el cuadro indeformable:
la trama en que están construidas. El que ha penetrado en las partes
subterráneas de la Iglesia advierte que es sobre las mismas bases que se elevan
sucesivamente los Templos en donde han venido a orar los hombres. Esto se dice
tanto en el sentido figurado como en el sentido propio; en efecto el símbolo de
esta frase cae bajo el dominio del Iniciado que comprende que todas las
Religiones descansan sobre las mismas bases, sobre algunos principios, siempre
los mismos, y que no se diferencian más que por manifestaciones exteriores
según las concepciones relativas a las épocas y a los lugares. En el sentido
propio, esto no tiene menos valor cuando se piensa en la Iglesia de San
Clemente de Roma, edificada sobre una cripta antigua bajo la cual se encuentra
un santuario mitríaco, o aún en la catedral de Chartres, cuya cripta contiene
un pozo sagrado del tiempo de los Druidas; otra curiosidad es la catedral de
Nuestra Señora de París, construida sobre una capilla de los Templarios. Y los
ejemplos así, son numerosos. En realidad, las fundaciones espirituales son
invisibles y solamente algunos privilegiados están en posesión de las Claves de
estos Grandes Misterios que rigen el mundo desde hace milenios. Vamos a
tratar de levantar el Velo sagrado, puesto que ha llegado el momento de
preparar las Vías hacia la Nueva Era. El exoterismo, esta parte de la enseñanza
ofrecida al mundo, evidentemente no es más que una imagen, porque es necesario
el sentido figurado para hacer comprender a los profanos los grandes Problemas.
En la religión, las parábolas dan una parte de la luz preciosa de las Verdades
y naturalmente la educación religiosa, compuesta de palabras sencillas, de
explicaciones claras, concibe muy bien, por ejemplo, que es imposible explicar
los misterios del casamiento a un niño de diez años. En suma, el exoterismo es
lo que se aprende corrientemente desde el catecismo de la parroquia hasta las
aulas de la Universidad. El esoterismo,
al contrario, es reservado a algunos privilegiados: Instructores, Maestros e
Iniciados, estando sin embargo, autorizado a todo el mundo. "Buscad y
encontraréis", se ha dicho. Esos conocimientos están reservados a algunos
seres predispuestos, dicen algunos. Ello es falso. Hay que esforzarse para
comprender el sentido oculto de las grandes enseñanzas. No todas las grandes
verdades pueden ser divulgadas completamente, según reza el viejo adagio:
"No deis margaritas a los puercos". En efecto, el buen juicio de los
hombres hace falta. Evidentemente se encuentra la fe que no exige
explicaciones, pero en este caso se trata de elegidos. Al lado de ellos hay
quienes buscan, quienes dudan, y que no piden sino luz, y mientras no volvamos
a la Escuela Iniciática de antaño en que la Ciencia y la Religión iban de la
mano, el mundo se quedará sumido en la oscuridad de la ignorancia. Sin embargo,
henos aquí en una época calificada de Era Atómica y que deja entrever todas las
posibilidades ignoradas hace apenas cien años, pero que podían muy bien ser
perfectamente conocidas algunos siglos antes de Cristo. Al hablar de Dios es al
cielo que vemos, pues desde las primeras edades el hombre
ha elevado sus miradas hacia la bóveda celeste, y es que las miríadas de
estrellas han debido intrigarlo (sabemos ahora que existe como un centenar de
millones, de las cuales 6.000 más o menos son visibles a simple vista). Cuando
uno se eleva hacia estos problemas, ¿cómo no extasiarse al encontrar tantos
paralelos que nos hacen comprender la homogeneidad del Gran Todo? Macrocosmo y
Microcosmo están estrechamente ligados y el Dr. Lavezzeri ya reveló las
curiosas relaciones que existen entre la vida astronómica y la vida humana. Las
72 pulsaciones del hombre de buena salud corresponden a los 72 años que emplea
el sol para desplazarse un grado a través del cielo. El corazón late 4 veces
cuando respiramos una vez, es decir, que el número de respiraciones es de 18
por minuto, lo que corresponde a las 4 estaciones y a los 18 años de la
nutación del eje terrestre bajo la influencia lunar. En cuanto a las 25.920
respiraciones en 24 horas, nos hacen pensar en la precesión de los equinoccios,
por el número de años del famoso gran Ciclo, al fin del cual las constelaciones
cierran su vuelta Zodiacal; de allí derivan también las grandes Eras
precesionales: (25.920 / 12 =2.160 años por signo) así de 4.320 a 2.160 antes
de la era cristiana, el Ciclo de TAURUS simbolizó a Egipto, la Caldea, etc.
Después vino la era de ARIES que transformó la religión: Moisés prohibió a los
hebreos adorar el Becerro de Oro (el Buey Apis). La Era Cristiana corresponde
al sol penetrando desde el año I de la era en el nuevo signo de PISCIS (¿No
tenía Jesús este emblema?). Naturalmente este simbolismo no es de una precisión
absoluta, pero hay que hacer notar que grandes Ciclos marcan la historia de los
pueblos. Evidentemente la historia de la humanidad no está cortada en
fragmentos iguales pues todo el mundo sabe que el Invierno entra un poco en la
Primavera; que el Verano se extiende a menudo sobre el Otoño; por consiguiente
el hecho de pasar a otro signo no implica una renovación brusca; no obstante,
todas las Grandes Civilizaciones están caracterizadas por este movimiento
precesional, lo que hace decir a muchos que nos acercamos a la Edad de Oro. La
Era del AQUARIUS debe efectivamente simbolizar un ciclo nuevo de 2.000 años más
o menos y marcar una renovación. Algunos se basan para enunciarla como
consecuencia del descubrimiento de la desintegración del átomo, calificando
nuestra época de Edad Atómica, lo que puede ser simbolizado por el planeta
URANO que caracteriza los acontecimientos bruscos y gobierna justamente el
signo del AGUADOR (Acuario). La Venida
del Gran Instructor del Mundo Otros apoya sus pronósticos en las Escrituras.
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