miércoles, 15 de septiembre de 2010
LA DROGA
LA DROGA
Joel Hurtado Ramón
Jean Baudrillard afirma que las drogas en general ya no forman parte de los rituales simbólicos de las sociedades industrializadas.
En su ensayo VIOLENCIA PSICODÉLICA: LA DROGA expone que estas se hallan abocadas a fines ulteriores, que suponen un sacrificio calculado de tiempo y de energía, mientras que el uso de drogas considera siempre la inmediatez de un proceso mental y una especie de utopía realizada. Todas las corrientes que preconizaron la realización inmediata de la utopía fueron declaradas heréticas y condenadas como tales en el transcurso del tiempo.
A continuación, por lo actual, me permito transcribir un fragmento del mismo.
La visión que tenemos de las drogas modernas queda algo de esta condena ancestral y del poder oculto heredado de sus antiguas virtudes. Esto equivale a decir que fascinan en la misma medida en que provocan rechazo, y que su ambivalencia es definitiva desde la perspectiva de la razón occidental. Al mismo tiempo que afectan a los cuerpos y los cerebros, «producen estupefacción» en el juicio que pronunciamos sobre ellas.
En el análisis corriente se las consideró largo tiempo como «anómicas» en el sentido que Durkheim daba a este término. Anómicas como cierto tipo de suicidio que caracteriza justamente a los conjuntos sociales de los países industrializados. Formas residuales, marginales, transgresoras, que escapan a la ley, a la organización general, al sistema de valores orgánicos del grupo. Márgenes, pero que no ponen en tela de juicio el principio de la ley y del valor, al que eventualmente pueden integrar en su ciclo.
Muy distinto es el estatuto actual de las drogas, relacionado con otros fenómenos específicamente contemporáneos a los que no llamaré anómicos, sino anomálicos. Lo anomálico ya no es lo que está al margen, en desequilibrio, en déficit orgánico, sino lo que resulta del exceso de organización, de regulación y de racionalización de un sistema. Es lo que viene, como desde el exterior, a contradecir el funcionamiento sin razón aparente, es lo que proviene de la lógica misma, del exceso de lógica y de racionalidad de un sistema que, llegado a cierto umbral de saturación, segrega anticuerpos, su patología interna, sus disfunciones extrañas, sus accidentes imprevisibles e insolubles, sus anomalías.
Esto ya no proviene de una incapacidad de la sociedad para integrar sus márgenes, sino, por el contrario, de una supercapacidad de integración y normalización. Es entonces cuando las sociedades en apariencia todopoderosas se desestabilizan desde el interior, lo cual implica una consecuencia grave, pues cuanto más quiera el sistema reabsorber las anomalías, más entrará en la lógica de la superorganización y más alimentará su crecimiento excéntrico.
Es preciso liberarse de una visión racionalista: en otros tiempos, los márgenes anómicos constituían, para el sistema, la oportunidad de racionalizar más; hoy es la superracionalización del sistema lo que provoca y refuerza los accidentes anomálicos.
Hay que tener en cuenta esta lógica «perversa» y distinguir entre un consumo de drogas vinculado a un desarrollo social y económico insuficiente ,lo que sigue siendo a menudo en los países en vías de desarrollo o entre las clases menos favorecidas, y un consumo vinculado, por el contrario, a la saturación del universo del consumo, a la vez como apogeo y como parodia de este mismo consumo, como anomalía contestataria de un mundo del que había que escaparse porque estaba demasiado lleno y no porque hubiera carecido de algo.
Estamos, pues, en presencia de un consumo que podríamos denominar de «segundo tipo», y que es preciso considerar en relación con todos los procesos de «segundo tipo» que le son contemporáneos y dependen de la misma lógica anomálica. En particular de las formas de violencia de «segundo tipo», las que no provienen de la delincuencia o de la agresión de primer grado, sino de la abreacción ante el exceso de tolerancia de las sociedades industrializadas, ante la superprotección del cuerpo social. El terrorismo es de este orden. Responde a la omnipotencia de los Estados modernos que lo segregan ya no como violencia histórica, sino como violencia anomálica que no pueden estrangular, a no ser que se constituyan en Estados más poderosos todavía, más controlados, más disuasorios, y relancen así la espiral.
De este orden son también las patologías de «segundo tipo», como el sida y el cáncer, que no son ya enfermedades tradicionales debidas a la deficiencia orgánica de ciertos cuerpos expuestos a un ataque exterior, sino que provienen más bien de una desestabilización de los cuerpos superprotegidos, todas las prótesis higiénicas, químicas, médicas, sociales y psicológicas, que, por eso mismo, pierden su poder inmunitario y acaban siendo presa de cualquier virus. Y así como aparentemente no hay solución «política» al problema del terrorismo, tampoco parece haber por ahora una solución biomédica al problema del sida y del cáncer, y por la misma razón. Y es que son procesos anomálicos que contradicen justamente, con una violencia salvaje, reaccional, el superencuadramiento político o biológico del cuerpo social o del cuerpo a secas.
Joel Hurtado Ramón
Jean Baudrillard afirma que las drogas en general ya no forman parte de los rituales simbólicos de las sociedades industrializadas.
En su ensayo VIOLENCIA PSICODÉLICA: LA DROGA expone que estas se hallan abocadas a fines ulteriores, que suponen un sacrificio calculado de tiempo y de energía, mientras que el uso de drogas considera siempre la inmediatez de un proceso mental y una especie de utopía realizada. Todas las corrientes que preconizaron la realización inmediata de la utopía fueron declaradas heréticas y condenadas como tales en el transcurso del tiempo.
A continuación, por lo actual, me permito transcribir un fragmento del mismo.
La visión que tenemos de las drogas modernas queda algo de esta condena ancestral y del poder oculto heredado de sus antiguas virtudes. Esto equivale a decir que fascinan en la misma medida en que provocan rechazo, y que su ambivalencia es definitiva desde la perspectiva de la razón occidental. Al mismo tiempo que afectan a los cuerpos y los cerebros, «producen estupefacción» en el juicio que pronunciamos sobre ellas.
En el análisis corriente se las consideró largo tiempo como «anómicas» en el sentido que Durkheim daba a este término. Anómicas como cierto tipo de suicidio que caracteriza justamente a los conjuntos sociales de los países industrializados. Formas residuales, marginales, transgresoras, que escapan a la ley, a la organización general, al sistema de valores orgánicos del grupo. Márgenes, pero que no ponen en tela de juicio el principio de la ley y del valor, al que eventualmente pueden integrar en su ciclo.
Muy distinto es el estatuto actual de las drogas, relacionado con otros fenómenos específicamente contemporáneos a los que no llamaré anómicos, sino anomálicos. Lo anomálico ya no es lo que está al margen, en desequilibrio, en déficit orgánico, sino lo que resulta del exceso de organización, de regulación y de racionalización de un sistema. Es lo que viene, como desde el exterior, a contradecir el funcionamiento sin razón aparente, es lo que proviene de la lógica misma, del exceso de lógica y de racionalidad de un sistema que, llegado a cierto umbral de saturación, segrega anticuerpos, su patología interna, sus disfunciones extrañas, sus accidentes imprevisibles e insolubles, sus anomalías.
Esto ya no proviene de una incapacidad de la sociedad para integrar sus márgenes, sino, por el contrario, de una supercapacidad de integración y normalización. Es entonces cuando las sociedades en apariencia todopoderosas se desestabilizan desde el interior, lo cual implica una consecuencia grave, pues cuanto más quiera el sistema reabsorber las anomalías, más entrará en la lógica de la superorganización y más alimentará su crecimiento excéntrico.
Es preciso liberarse de una visión racionalista: en otros tiempos, los márgenes anómicos constituían, para el sistema, la oportunidad de racionalizar más; hoy es la superracionalización del sistema lo que provoca y refuerza los accidentes anomálicos.
Hay que tener en cuenta esta lógica «perversa» y distinguir entre un consumo de drogas vinculado a un desarrollo social y económico insuficiente ,lo que sigue siendo a menudo en los países en vías de desarrollo o entre las clases menos favorecidas, y un consumo vinculado, por el contrario, a la saturación del universo del consumo, a la vez como apogeo y como parodia de este mismo consumo, como anomalía contestataria de un mundo del que había que escaparse porque estaba demasiado lleno y no porque hubiera carecido de algo.
Estamos, pues, en presencia de un consumo que podríamos denominar de «segundo tipo», y que es preciso considerar en relación con todos los procesos de «segundo tipo» que le son contemporáneos y dependen de la misma lógica anomálica. En particular de las formas de violencia de «segundo tipo», las que no provienen de la delincuencia o de la agresión de primer grado, sino de la abreacción ante el exceso de tolerancia de las sociedades industrializadas, ante la superprotección del cuerpo social. El terrorismo es de este orden. Responde a la omnipotencia de los Estados modernos que lo segregan ya no como violencia histórica, sino como violencia anomálica que no pueden estrangular, a no ser que se constituyan en Estados más poderosos todavía, más controlados, más disuasorios, y relancen así la espiral.
De este orden son también las patologías de «segundo tipo», como el sida y el cáncer, que no son ya enfermedades tradicionales debidas a la deficiencia orgánica de ciertos cuerpos expuestos a un ataque exterior, sino que provienen más bien de una desestabilización de los cuerpos superprotegidos, todas las prótesis higiénicas, químicas, médicas, sociales y psicológicas, que, por eso mismo, pierden su poder inmunitario y acaban siendo presa de cualquier virus. Y así como aparentemente no hay solución «política» al problema del terrorismo, tampoco parece haber por ahora una solución biomédica al problema del sida y del cáncer, y por la misma razón. Y es que son procesos anomálicos que contradicen justamente, con una violencia salvaje, reaccional, el superencuadramiento político o biológico del cuerpo social o del cuerpo a secas.
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