jueves, 16 de noviembre de 2017

CARL ESPITTELER...EL HIJO PRODIGO...



El Maestre habla...

CARL ESPITTELER...EL HIJO PRODIGO...
Es preciso presentar ahora a Carl Spitteler, nacido en Suiza el 24 de abril de 1845, en una pequeña localidad del cantón de Bale (en Ilestal) donde su padre ocupaba modestas funciones administrativas. El hijo del escribano Spitteler fue enviado a hacer sus estudios en una escuela profesional de Bale (Basilea) y más tarde al instituto pedagógico adscrito a la Universidad donde el joven estudiante siguió particularmente los cursos del gran historiador de la civilización, Jacobo Burckhardt.
En realidad, el joven Spitteler había nacido dibujante y pintor antes que poeta, sin embargo, la epopeya le parecía la solución providencial donde se conciliaban, en una obra única y bien ordenada, todas esas aptitudes diversas que, aisladamente, corrían el riesgo de contradecirse y excluirse mutuamente.
Hombre autoritario, Spitteler padre, no podía tolerar un programa de estudios literarios tan fantasioso y decidió orientar a su hijo hacia los cursos de derecho, para encaminarlo hacia una carrera positiva. El conflicto entre el padre e hijo terminó por revestir tal gravedad que un buen día el joven estudiante desertó del domicilio paterno. Amigos de la infancia recogieron al fugitivo en Lucerna donde al fin encontró empleo. Luego de algunos meses de independencia el hijo pródigo se resignó a volver al hogar familiar que decidió prepararlo para la carrera pastoral. Pero era una vocación que estuvo a punto de terminar mal. Una sola vez el futuro pastor subió al púlpito y esta única experiencia fue seguida de una evasión esta vez irrevocable. El fugitivo aceptó las funciones de preceptor en la familia de un general ruso en San Petersburgo donde supo hacer apreciar sus múltiples talentos a la vez de músico, dibujante, jinete deportivo y hombre de mundo, asimilando sucesivamente tres lenguas: el ruso, el sueco y el finlandés.
Estos siete años pasados en el imperio de los zares marcaron en él una huella indeleble. Allí se despojó de aquello que le quedaba aún de burgués helvético cuyas ridículas pretensiones evocó más tarde en su novela autobiográfica titulada Imago. A su regreso a Suiza, en 1880, publicó esta obra extraña - que Jean-Edouard Spenlé se pregunta si es preciso llamar un libro o una biblia – que durante más de diez años había sido su sueño despierto cuyas figuras formaban de alguna manera partes separadas de él mismo: su primer poema en prosa que tituló Prometeo y Epimeteo.
Libro único en su género y sin precedente en la literatura. Una nueva nota había sido encontrada: el secreto de este estilo bíblico apocalíptico y profético del que, algunos años más tarde, Nietzsche, uno de los primeros lectores de Prometeo, se apoderaría a su vez en su Zarathustra. Como un ardiente breviario de la vida interior, así es preciso leer el Prometeo de Spitteler.
Prometeo y Epimeteo nos trae el documento más personal de la vida de Spitteler, la ardiente profesión de fe de su juventud y también el testamento religioso de sus últimos años. Pero, es en la Primavera Olímpica, en una evocación casi escultural, que uno encuentra el más dichoso florecimiento de su visión de artista, a partir de entonces, calma y serena. Entre estas dos obras hay todo un abismo que separa la edad madura de la juventud. El torrente se disciplinó, se calmó, se asentó. Y quizás hay un poder más real en la fuerza tranquila y límpida de hoy que en el impetuoso impulso y la turbulencia de antaño.