El Maestre habla.
ERASMO DE ROTTERDAM: PADRE
DEL HUMANISMO.
Joel Hurtado Ramón
La primera comunidad europea
nació el día de Navidad del año de gracia 800. Ese día, Carlomagno rey de los
Francos, amo ya de una gran parte del continente europeo, asistía a la misa
celebrada por el Soberano Pontífice en la Basílica San Pedro de Roma. Estaba
arrodillado cerca del Altar Mayor, sumergido en la plegaria, cuando el Papa,
avanzando hacia él, colocó sobre su frente la corona de los Césares.
Hasta entonces la enseñanza no había sido dada más
que por y PARA la Iglesia. Pero el imperio carolingio, por su poderosa
organización emprendió la realización de una reforma total de la antigua
enseñanza clerical. En resumen, ese fue el punto de partida de las escuelas
“públicas” abiertas a TODOS los alumnos.
Después de la muerte del Gran Emperador, otro
poder, exclusivamente espiritual, iba a retomar la obra educativa esbozada
antaño por el “Patrón de los escolares”, esa fue la tarea designada a la Universidad de París del medioevo.
A esta Universidad parisiense iba a ser
conferida la misión de ejercer una especie de arbitraje a través de toda
Europa, gracias a la brillantez de su enseñanza universalmente buscada.
Ese Studium
parisiense representará una
luz espiritual cuyo campo de radiación no sería específicamente parisino, ni
siquiera francés, sino ecuménico.
En la Universidad de París se encontrarán las “naciones” y los dos más grandes
doctores y maestros de París fueron extranjeros: un Alemán (Albertus) y un
Italiano (Santo Tomás de Aquino). Así se afirmaba desde los orígenes el
carácter fundamental que, a través de todas las vicisitudes ha sobrevivido en
la enseñanza universitaria francesa, a saber, el principio de la Universalidad de la Verdad,
ciertamente objeto de discusión, como lo hace notar Juan Eduardo Spenlé1, pero colocado por
encima de todas las diversidades de origen, de lengua y de raza.
Esta Universidad medieval no poseía nada, lo
cual no excluía los medios de subsistencia acordados a título de socorro a
algunos de sus miembros agrupados en corporaciones. Estos medios destinados a
la ayuda de los escolares pobres, fueron los gérmenes de los cuales salieron
los “Colegios”. Uno de los
primeros y el más célebre de todos, fue la Sorbona.
Fundada en 1257 por el maestro teólogo Robert de Sorbon, capellán y confesor
del rey San Luis.
Es en uno de estos “colegios” que fue a
refugiarse en 1496, un joven clérigo llamado Erasmo
de Rotterdam, para preparar su bachillerato y en lo posible su doctorado en
teología. ¿Habría podido creerse al ver a este estudiante taciturno, adelgazado
por los ayunos quien a fuerza de ingeniosidad había logrado evadirse de su
convento, que sería un día el maestro unánimemente venerado por todas las
Universidades de Europa, que debía llevar en la historia el título por todos
reconocido y respetado de Padre
del Humanismo?
Había nacido de un adulterio (en Rotterdam en
1469). Circunstancia agravante, su padre era un sacerdote, lo que agregaba a la
mancha de un nacimiento ilegítimo la maldición de una especie de sacrilegio, -ex
illicito et, ut timet, incesto damnato que coitu genitus,- en estos términos brutales la
Santa Sede formulará más tarde una especie de absolución retrospectiva acordada
por Roma, para este retoño ilegítimo nacido en condiciones tan indeseables.
Huérfano a los 15 años, fue recogido en una escuela capitular, más tarde
transferido a un convento, donde se orientó hacia las órdenes monásticas, no
porque haya obedecido a una imperiosa vocación religiosa... El claustro
representaba para él un refugio donde podría dedicarse en silencio
a las cosas del pensamiento. Logró rápidamente hacerse destacar por sus
superiores en calidad de secretario de su obispo, lo cual le permitió ligarse
con personalidades bien conectadas y fue gracias a esas protecciones que logró
hacerse inscribir en la Universidad de París. Más tarde, fue repetidor para
jóvenes ingleses y alemanes de paso por París, fueron años de molestia, vecina
de la miseria. El tenía ya treinta años cuando una estancia en Inglaterra,
particularmente en la Universidad de Oxford iba a señalar una vuelta decisiva
en su carrera, así como en su círculo de amigos.
Fue durante el invierno de 1499, que Erasmo
dijo adiós definitivamente a la enseñanza escolástica y que se le reveló por
primera vez en su radiante esplendor, el humanismo
antiguo. Al mismo tiempo que las fuentes primitivas de un cristianismo
renovado, se descubrían al joven humanista los esplendores de un mundo antiguo
resucitado.
El Humanismo suscitó desde el inicio, un
vasto movimiento colectivo que, bajo el nombre de Renacimiento, expuso a la luz
del día una sabia exhumación de las obras de la antigüedad greco-romana,
generalmente condenadas por la Iglesia y escondidas en los conventos. Partiendo
de Italia en los siglos XV y XVI, gracias a la invención de la imprenta, ese
movimiento ha ganado toda la alta intelectualidad europea y finalmente ha
tomado cuerpo en la personalidad más representativa por su genio de búsqueda y
por la extensión de sus altas relaciones
en los mundos más variados: a saber, Erasmo de Rotterdam, el bien llamado
“Padre del Humanismo”.
Durante el curso de una noche de insomnio, él
tuvo un extraño sueño, que contó a sus huéspedes con el único fin de
divertirlos. Intituló esta extraña visión: “Encomium mariae”, lo cual quiere
decir “Elogio de la Locura”.
Bajo esta aparente burla en boca de un autor
tan reputado como sabio y estudioso, se comprende que se oculta una segunda
intención inexpresada.
Sus primeros escritos: los Adagios, los
Coloquios, el Antibárbaros, el Enchirion
militis christiani, estaban ya en manos de todos y todas las Universidades
solicitaban sus consejos. Protegido por los más altos prelados y por el mismo
Papa, alcanzó a los cincuenta años, parece ser, el punto culminante de su
gloriosa carrera.
Desiderius Erasmo había publicado una Traducción latina del Nuevo
Testamento donde ponía al
desnudo los errores contenidos en el texto de la Vulgata (el único autorizado
por la Iglesia romana). Pero, con mucha habilidad supo eludir el conflicto,
dedicando devotamente esta traducción a Su Santidad el Papa León X quien aceptó
el respetuoso homenaje. De golpe, el autor se encontraba al abrigo de todos
aquellos que habrían podido tasar de herejía esta audaz depuración. Pero había
riesgo de que el conflicto renaciera en otro terreno y con otro personaje que
se colocaba también en el papel de crítico, dedicado a esa misma tarea
depuradora: Martín Lutero.
Dos
años antes de su instalación en Basilea (Suiza), Erasmo había recibido, en
abril de 1519, una carta redactada en términos muy admirativos, que le dirigía
un monje de la Orden de los Agustinos, maestro en teología en la Universidad de
Wittenberg que firmaba Martín Lutero. Pero, cuántos contrastes entre ese sabio,
replegado sobre sí mismo en su gabinete silencioso y su antípoda, el combativo
Martín Lutero, hijo y nieto de campesinos, dotado de una superabundante
vitalidad, gran comelón y buen vividor que se felicitaba por haber roto el
celibato y haberse casado con una monja evadida como él del convento.
Es a continuación de un pequeño incidente con
uno de sus antiguos alumnos llamado Ulrich von Hutten, que Erasmo tomó una
posición más nítida. El debate
fue llevado ante la opinión de sus contemporáneos y sometido así al juicio de
la posteridad. Con esa meta, lanzó al mundo en 1524, un panfleto intitulado: De libero arbitrio, donde
declaraba abiertamente la guerra a Lutero; éste era el abogado del “todo o
nada” y de ahí la predestinación integral. Se
es o esclavo del Pecado o esclavo de Dios, a ese dilema llegaría su famoso
tratado De servo arbitrio,
donde él tomaba lo completamente opuesto al “libre-arbitrio” erasmiano.
Cansado
de las discusiones y ataques de los cuales había sido objeto en Basilea, Erasmo
se decidió por una nueva residencia más calmada, Friburgo, capital del Condado
de Brisgau, posesión de la Casa de Austria y donde la Reforma no había
penetrado. Casi sin fuerzas, tuvo justo la energía necesaria para prepararse a
partir en el mes de agosto de 1535 y hacerse transportar a Basilea en una
litera. Los protestantes dominaban en esa ciudad donde ya no había ni iglesia
ni culto católico. No iban a sorprenderse los otros de verlo regresar a una
ciudad pasada enteramente a la Reforma?. Pero aunque sus sufrimientos se habían
convertido en intolerables él no perdió la conciencia un solo instante durante
esta larga y dolorosa agonía. Murió rodeado de sus amigos en la noche del 21 al
22 julio de 1536. Aunque el culto católico había sido desterrado de la
Catedral, fue ahí donde lo inhumaron. Los estudiantes llevaron el ataúd sobre
sus espaldas y fue enterrado en la nave principal de la catedral, cerca de los
peldaños por donde se accede al Coro. Extraña ironía de la suerte... Poco
tiempo antes de su muerte, había recibido una carta del nuevo Papa ofreciéndole
el sombrero de cardenal, acompañado de las más ricas prebendas. Esta vez él
responde orgullosamente con un rechazo categórico a esta distinción.
“Convendría a un hombre moribundo tomar sobre él cargas que ha rehusado toda su
vida?”. El mismo Renacimiento, del cual había sido el apóstol, reconocido y
respetado universalmente, no marcaba por el contrario una evasión necesaria
fuera de esta tiranía exclusiva ejercida hasta ahora por el clero y la teología
de la Edad Media? El nombre de Erasmo de Rotterdam estaba indisolublemente
ligado a esta grande y saludable emancipación.