viernes, 27 de octubre de 2017

El Maestre habla. ERASMO DE ROTTERDAM: PADRE DEL HUMANISMO.

El Maestre habla.
ERASMO DE ROTTERDAM: PADRE DEL HUMANISMO.
Joel Hurtado Ramón
La primera comunidad europea nació el día de Navidad del año de gracia 800. Ese día, Carlomagno rey de los Francos, amo ya de una gran parte del continente europeo, asistía a la misa celebrada por el Soberano Pontífice en la Basílica San Pedro de Roma. Estaba arrodillado cerca del Altar Mayor, sumergido en la plegaria, cuando el Papa, avanzando hacia él, colocó sobre su frente la corona de los Césares.
Hasta entonces la enseñanza no había sido dada más que por y PARA la Iglesia. Pero el imperio carolingio, por su poderosa organización emprendió la realización de una reforma total de la antigua enseñanza clerical. En resumen, ese fue el punto de partida de las escuelas “públicas” abiertas a TODOS los alumnos.
Después de la muerte del Gran Emperador, otro poder, exclusivamente espiritual, iba a retomar la obra educativa esbozada antaño por el “Patrón de los escolares”, esa fue la tarea designada a la Universidad de París del medioevo.
A esta Universidad parisiense iba a ser conferida la misión de ejercer una especie de arbitraje a través de toda Europa, gracias a la brillantez de su enseñanza universalmente buscada.
Ese Studium parisiense representará una luz espiritual cuyo campo de radiación no sería específicamente parisino, ni siquiera francés, sino ecuménico. En la Universidad de París se encontrarán las “naciones” y los dos más grandes doctores y maestros de París fueron extranjeros: un Alemán (Albertus) y un Italiano (Santo Tomás de Aquino). Así se afirmaba desde los orígenes el carácter fundamental que, a través de todas las vicisitudes ha sobrevivido en la enseñanza universitaria francesa, a saber, el principio de la Universalidad de la Verdad, ciertamente objeto de discusión, como lo hace notar Juan Eduardo Spenlé1, pero colocado por encima de todas las diversidades de origen, de lengua y de raza.
Esta Universidad medieval no poseía nada, lo cual no excluía los medios de subsistencia acordados a título de socorro a algunos de sus miembros agrupados en corporaciones. Estos medios destinados a la ayuda de los escolares pobres, fueron los gérmenes de los cuales salieron los “Colegios”. Uno de los primeros y el más célebre de todos, fue la Sorbona. Fundada en 1257 por el maestro teólogo Robert de Sorbon, capellán y confesor del rey San Luis.
Es en uno de estos “colegios” que fue a refugiarse en 1496, un joven clérigo llamado Erasmo de Rotterdam, para preparar su bachillerato y en lo posible su doctorado en teología. ¿Habría podido creerse al ver a este estudiante taciturno, adelgazado por los ayunos quien a fuerza de ingeniosidad había logrado evadirse de su convento, que sería un día el maestro unánimemente venerado por todas las Universidades de Europa, que debía llevar en la historia el título por todos reconocido y respetado de Padre del Humanismo?
Había nacido de un adulterio (en Rotterdam en 1469). Circunstancia agravante, su padre era un sacerdote, lo que agregaba a la mancha de un nacimiento ilegítimo la maldición de una especie de sacrilegio, -ex illicito et, ut timet, incesto damnato que coitu genitus,- en estos términos brutales la Santa Sede formulará más tarde una especie de absolución retrospectiva acordada por Roma, para este retoño ilegítimo nacido en condiciones tan indeseables. Huérfano a los 15 años, fue recogido en una escuela capitular, más tarde transferido a un convento, donde se orientó hacia las órdenes monásticas, no porque haya obedecido a una imperiosa vocación religiosa... El claustro representaba para él un refugio donde podría dedicarse en silencio a las cosas del pensamiento. Logró rápidamente hacerse destacar por sus superiores en calidad de secretario de su obispo, lo cual le permitió ligarse con personalidades bien conectadas y fue gracias a esas protecciones que logró hacerse inscribir en la Universidad de París. Más tarde, fue repetidor para jóvenes ingleses y alemanes de paso por París, fueron años de molestia, vecina de la miseria. El tenía ya treinta años cuando una estancia en Inglaterra, particularmente en la Universidad de Oxford iba a señalar una vuelta decisiva en su carrera, así como en su círculo de amigos.
Fue durante el invierno de 1499, que Erasmo dijo adiós definitivamente a la enseñanza escolástica y que se le reveló por primera vez en su radiante esplendor, el humanismo antiguo. Al mismo tiempo que las fuentes primitivas de un cristianismo renovado, se descubrían al joven humanista los esplendores de un mundo antiguo resucitado.
El Humanismo suscitó desde el inicio, un vasto movimiento colectivo que, bajo el nombre de Renacimiento, expuso a la luz del día una sabia exhumación de las obras de la antigüedad greco-romana, generalmente condenadas por la Iglesia y escondidas en los conventos. Partiendo de Italia en los siglos XV y XVI, gracias a la invención de la imprenta, ese movimiento ha ganado toda la alta intelectualidad europea y finalmente ha tomado cuerpo en la personalidad más representativa por su genio de búsqueda y por la extensión de sus altas relaciones en los mundos más variados: a saber, Erasmo de Rotterdam, el bien llamado “Padre del Humanismo”.
Durante el curso de una noche de insomnio, él tuvo un extraño sueño, que contó a sus huéspedes con el único fin de divertirlos. Intituló esta extraña visión: “Encomium mariae”, lo cual quiere decir “Elogio de la Locura”.
Bajo esta aparente burla en boca de un autor tan reputado como sabio y estudioso, se comprende que se oculta una segunda intención inexpresada.
Sus primeros escritos: los Adagios, los Coloquios, el Antibárbaros, el Enchirion militis christiani, estaban ya en manos de todos y todas las Universidades solicitaban sus consejos. Protegido por los más altos prelados y por el mismo Papa, alcanzó a los cincuenta años, parece ser, el punto culminante de su gloriosa carrera.
Desiderius Erasmo había publicado una Traducción latina del Nuevo Testamento donde ponía al desnudo los errores contenidos en el texto de la Vulgata (el único autorizado por la Iglesia romana). Pero, con mucha habilidad supo eludir el conflicto, dedicando devotamente esta traducción a Su Santidad el Papa León X quien aceptó el respetuoso homenaje. De golpe, el autor se encontraba al abrigo de todos aquellos que habrían podido tasar de herejía esta audaz depuración. Pero había riesgo de que el conflicto renaciera en otro terreno y con otro personaje que se colocaba también en el papel de crítico, dedicado a esa misma tarea depuradora: Martín Lutero.
Dos años antes de su instalación en Basilea (Suiza), Erasmo había recibido, en abril de 1519, una carta redactada en términos muy admirativos, que le dirigía un monje de la Orden de los Agustinos, maestro en teología en la Universidad de Wittenberg que firmaba Martín Lutero. Pero, cuántos contrastes entre ese sabio, replegado sobre sí mismo en su gabinete silencioso y su antípoda, el combativo Martín Lutero, hijo y nieto de campesinos, dotado de una superabundante vitalidad, gran comelón y buen vividor que se felicitaba por haber roto el celibato y haberse casado con una monja evadida como él del convento.
Es a continuación de un pequeño incidente con uno de sus antiguos alumnos llamado Ulrich von Hutten, que Erasmo tomó una posición más nítida. El debate fue llevado ante la opinión de sus contemporáneos y sometido así al juicio de la posteridad. Con esa meta, lanzó al mundo en 1524, un panfleto intitulado: De libero arbitrio, donde declaraba abiertamente la guerra a Lutero; éste era el abogado del “todo o nada” y de ahí la predestinación integral. Se es o esclavo del Pecado o esclavo de Dios, a ese dilema llegaría su famoso tratado De servo arbitrio, donde él tomaba lo completamente opuesto al “libre-arbitrio” erasmiano.

Cansado de las discusiones y ataques de los cuales había sido objeto en Basilea, Erasmo se decidió por una nueva residencia más calmada, Friburgo, capital del Condado de Brisgau, posesión de la Casa de Austria y donde la Reforma no había penetrado. Casi sin fuerzas, tuvo justo la energía necesaria para prepararse a partir en el mes de agosto de 1535 y hacerse transportar a Basilea en una litera. Los protestantes dominaban en esa ciudad donde ya no había ni iglesia ni culto católico. No iban a sorprenderse los otros de verlo regresar a una ciudad pasada enteramente a la Reforma?. Pero aunque sus sufrimientos se habían convertido en intolerables él no perdió la conciencia un solo instante durante esta larga y dolorosa agonía. Murió rodeado de sus amigos en la noche del 21 al 22 julio de 1536. Aunque el culto católico había sido desterrado de la Catedral, fue ahí donde lo inhumaron. Los estudiantes llevaron el ataúd sobre sus espaldas y fue enterrado en la nave principal de la catedral, cerca de los peldaños por donde se accede al Coro. Extraña ironía de la suerte... Poco tiempo antes de su muerte, había recibido una carta del nuevo Papa ofreciéndole el sombrero de cardenal, acompañado de las más ricas prebendas. Esta vez él responde orgullosamente con un rechazo categórico a esta distinción. “Convendría a un hombre moribundo tomar sobre él cargas que ha rehusado toda su vida?”. El mismo Renacimiento, del cual había sido el apóstol, reconocido y respetado universalmente, no marcaba por el contrario una evasión necesaria fuera de esta tiranía exclusiva ejercida hasta ahora por el clero y la teología de la Edad Media? El nombre de Erasmo de Rotterdam estaba indisolublemente ligado a esta grande y saludable emancipación.

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